El placer de la lectura y el del viaje son muy similares. Es más, comenzar un nuevo libro es emprender un viaje. En serio. Porque entre viajar y leer tan sólo existe una diferencia de percepción dinámica; y no es broma. ¿Alguna vez habías pensado que leer es viajar a distinta velocidad? Pues así es. Cuando andamos, el paisaje cambia según avanzamos, y a medida que pasan las horas, los minutos y segundos, el horizonte se expande y varía; mientras que cuando leemos se produce un hecho mágico: sin necesidad de levantarnos del sitio, de abandonar la comodidad de nuestro sillón preferido, nos movemos. Leer, como digo, es viajar sin salir de casa a la vez que visitamos lugares que superan el espacio y el tiempo. Una hora humana pueden ser diez años literarios, un siglo, un mundo. Sin dejar de estar sentados, ascendemos cordilleras nevadas, atravesamos desiertos, navegamos océanos inmensos.

Por ello, desde la Biblioteca, os animamos diariamente a que os atreváis a superar el vértigo que supone enfrentarse a un nuevo libro; sensación que es muy similar al que experimenta el viajero ante la observación del largo camino que le espera, pero que en ambos casos se supera en cuanto nos ponemos en marcha. La aventura de Ulises, los trabajos de Hércules, miden la dificultad no tanto en las pruebas que van marcando sus caminos, sino en el viaje mismo, verdadera prueba que revela al héroe como único capaz de llevar a cabo tal empeño. El lector y el viajero son los héroes de sus respectivas historias, ambos han de medirse antes que contra los monstruos, contra sí mismo y sus límites, a fin de controlarlos y superarlos.
