Si hay una ciudad en el mundo en la que es posible que la belleza pueda abrumar al espectador hasta el punto de hacerle sentir malestar, esa es Florencia.
Ya en la Baja Edad se había iniciado en Florencia una importante actividad creativa debida a la pugna de las familias nobles de la ciudad por hacer alarde de su importancia y su riqueza mediante el arte. La llegada del siglo XV (Quattrocento) y el despertar del humanismo van a provocar una verdadera efervescencia artística y la ciudad de Florencia se va a llenar como ninguna otra de obras de belleza insuperable, pagadas por familias como los Medici, los Pazzi o los Pitti, que actuarán como mecenas de los artistas más grandes del momento y de todos los tiempos.
De la Edad Media Florencia conserva su magnífica Catedral (el duomo) hecha en mármoles de colores y con un campanario diseñado por Giotto y un baptisterio independiente. También son medievales el imponente palacio de la Signoria, con su alta torre almenada, que es el símbolo de la independencia política de la ciudad y el centro de su vida cívica y varias iglesias de estilo gótico italiano como San Miniato al Monte, Santa María Novella o Santa Croce.
Durante el Quttrocento muchos de estos edificios se van a reformar, a completar y a decorar y se van a construir otros que inician un estilo nuevo, el Renacimiento, basado en los principios clásicos. Brunelleschi será el arquitecto que inicia el nuevo estilo y el responsable de la nueva imagen de Florencia. Termina la catedral con una cúpula de gran tamaño que provocará un inmenso asombro y que definirá para siempre el perfil de la ciudad, también recuperará el uso del arco de medio punto y de los órdenes clásicos en las basílicas de San Lorenzo y Santo Spirito y abrirá por toda la ciudad pórticos clásicos en los que el rigor geométrico se traduce en elegancia y armonía. Las familias nobles compiten por la construcción de los palacios más bellos, Los Pitti, los Ricardi, los Strozzi, los Rucellai encargan a los mejores arquitectos edificios que, siguiendo un modelo común, destacan cada uno por su propia personalidad.
Los escultores completarán estos conjuntos arquitectónicos y añadirán sus obras al cúmulo de maravillas florentinas. Ghiberti gana el concurso para terminar la decoración de las puertas del baptisterio de la catedral y ejecuta una obra de tal perfección y belleza que Miguel Ángel dijo de ellas que eran dignas de ser las puertas del Paraíso. Donatello hizo con su David una imagen simbólica de una Florencia joven y triunfante y lo hizo con tal perfección que sus contemporáneos creyeron que había fundido el bronce utilizando como soporte a un muchacho vivo.
Pero los que asombrarán al mundo con sus alardes técnicos y su inagotable creatividad serán los pintores. En las paredes del museo de los Ufizzi se acumula una gran cantidad de obras de tal calidad que provocan en el espectador una sensación abrumadora. La delicada belleza de las figuras femeninas de Botticelli, de cuerpos estilizados y rostros melancólicos, se mezcla con el misticismo de Fra Angélico o los elegantes retratos de Ghirlandaio. Más allá del museo las paredes de iglesias, palacios y cenáculos se llenan de frescos entre los que destacan los de Santa María Novella, los de Santa Croce o los del palacio de los Medici.
Pasado el Quattrocento la ciudad de Florencia entra en crisis, pero la herencia de tanta riqueza artística la recoge una nueva generación de artistas geniales que se forman en la ciudad pero que se marcharán más tarde a triunfar fuera de ella. Entre ellos