“Había seis soldados y entraron a mi casa, recuerda una mujer congolesa, con la mirada fija y triste. “Inmediatamente me apuntaron con las armas, relata otra sobreviviente con su pequeño hijo en brazos. “Me preguntaron, ‘¿quieres vivir o morir?'»
En la mayoría de los conflictos armados que sacuden el mundo, el campo de batalla pasa del terreno al cuerpo de las mujeres y niñas. Miles de ellas son secuestradas, tratadas como mercancía susceptible de ser «usada» a conveniencia de los hombres, violadas sistematicamente, asesinadas. Pasan de ser personas a herramientas a través de las cuales infringir un daño perdurable en el adversario: inmediato, mediante el daño directo a sus victimas, y diferido en el tiempo a través de embarazos no deseados, mutilizaciones, muertes sumarias.

La ONU y otros organismos internacionales están esforzándose en prevenir estas y otras tácticas específicamente dirigidas contra las mujeres y niñas en zonas de conflicto. Las consecuencias de la guerra son devastadoras para la población, pero a menudo las mujeres tienen a su disposición menos recursos para protegerse, y con frecuencia representan, junto con sus hijas e hijos, la mayor parte de las poblaciones desplazadas y de refugiados.
El Representante Especial del Secretario General sobre la Violencia Sexual en los Conflictos, perteneciente a la ONU, elaboró un programa prioritario de cinco puntos:
- poner fin a la impunidad;
- empoderar a la mujer para obtener reparación y hacer valer sus derechos;
- movilizar el liderazgo político;
- aumentar el reconocimiento de la violación como táctica y consecuencia de los conflictos; y
- garantizar una respuesta coordinada del sistema de las Naciones Unidas a través de la red interinstitucional de la Iniciativa de las Naciones Unidas contra la Violencia Sexual en los Conflictos.